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Subir precios sin cálculo: el error que la inflación del combustible podría provocar

escrito por PaísMYPE
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Desde mediados de marzo de 2026, el precio de los combustibles en El Salvador encadena aumentos quincenales. Para la quincena del 23 de junio al 6 de julio, la gasolina superior llegó hasta $4.75 por galón, la regular a $4.42 y el diésel a $4.44, según la Dirección General de Energía, Hidrocarburos y Minas. El acumulado desde marzo supera los noventa centavos por galón. La Dirección atribuye el alza a factores internacionales —tensiones en el estrecho de Ormuz, afectaciones en el Mar Rojo y la caída de inventarios en Estados Unidos—, ajenos por completo a cualquier decisión local.

El dato importa porque el diésel es la sangre logística de la MYPE: mueve el transporte de mercadería, la distribución y buena parte de los insumos. Cuando sube, el costo de operar sube con él. No sorprende, entonces, que según el Informe de Dinámica Empresarial MYPE del Observatorio MYPE de FUSAI, el 44% de los empresarios reportara aumentos en el precio de sus productos durante el primer trimestre de 2026. La presión es real, y muchos empresarios sienten que no tienen más opción que trasladarla al cliente.

La pregunta, sin embargo, no es si subir los precios. Es cómo hacerlo sin desmontar el negocio en el intento. Y ahí la mayoría parte de una desventaja: fija sus precios adivinando.

44%


de los empresarios reporta aumentos en el precio de sus productos durante el primer trimestre de 2026
Fuente: Observatorio MYPE de la Escuela LID de FUSAI

El precio empieza en el costo real. Y ahí es donde muchas MYPE fallan

Antes de pensar en el margen de ganancia, todo empresario necesita responder una pregunta básica: ¿cuánto cuesta realmente elaborar cada producto o brindar cada servicio? Sin esa respuesta, cualquier precio es una estimación.

Para Jesús Rosales, coach de la Escuela LID de FUSAI, ese es el punto de partida de cualquier estrategia de precios, y también el que más se omite. Muchos empresarios fijan sus precios mirando cuánto cobra el vecino o pensando únicamente en no perder clientes, en lugar de conocer su propia estructura de costos. «Se vende más barato creyendo que eso permitirá vender más, pero muchas veces lo único que se consigue es reducir la utilidad», explica.

Un costeo serio distingue cuatro componentes: los costos fijos (alquiler, salarios, servicios básicos, depreciación), que existen aunque no haya ventas; los costos variables (materias primas, insumos, empaques), que cambian con el volumen; los costos de comercialización (distribución, transporte, comisiones, publicidad); y el margen de rentabilidad que la empresa necesita para crecer y sostenerse. La fórmula es simple —precio de venta igual a la suma de esos cuatro, más los impuestos correspondientes—, pero solo funciona si cada componente está bien medido.

Precio de venta = costos fijos + costos variables + costos de comercialización + margen de rentabilidad.

Erika Umaña, dueña de una venta de lácteos en La Unión, recuerda que antes creía que estaba ganando porque lograba cubrir todos los gastos del negocio y le sobraba producto. Luego de haber cursado el nivel 1 del MBA de la Escuela LID de FUSAI, su forma de pensar cambió. “No porque me queda producto yo estoy ganando; estoy perdiendo”, reflexiona y cuenta que hoy toma en cuenta todos los factores antes de fijar el precio de sus productos. 

El componente que casi nadie contabiliza es el más cercano: el propio trabajo del dueño. Según Rosales, cerca del 99 % de los empresarios que ingresan al programa MBA Nivel 1 de la Escuela LID no tienen asignado un salario; toman dinero de la caja cuando lo necesitan. Esa práctica vuelve imposible saber si el negocio realmente gana. «No porque haya movimiento de dinero significa que la empresa está ganando», advierte. Separar las finanzas del hogar de las del negocio no es un tecnicismo contable: es lo que revela el verdadero costo de operar y frena la descapitalización silenciosa.

Antes de mover el precio, leer la demanda

Costear bien indica el precio mínimo viable. Pero saber cuánto se debe cobrar no es lo mismo que saber cuánto está dispuesto —y en condiciones— de pagar el cliente. Subir precios sin estimar la reacción de la clientela puede vaciar el local.

Y la coyuntura vuelve esa lectura más delicada que de costumbre, porque el combustible aprieta por los dos lados a la vez. Encarece los costos del negocio, sí; pero también adelgaza el bolsillo de quien compra. La inflación de abril de 2026 se ubicó en 2.16 % interanual, impulsada precisamente por combustibles y alimentos, según la Oficina Nacional de Estadística y Censos. El Estado de la MYPE 2024 del Observatorio ya documentaba este mecanismo: la inflación erosiona el poder adquisitivo de los hogares de menores ingresos —los principales clientes de la mayoría de microempresas— y arrastra consigo la demanda. Un precio más alto sobre un cliente más pobre no siempre significa más ingreso; a veces significa menos ventas.

Aquí la distinción entre segmentos es decisiva, porque el margen de maniobra no es el mismo para todos:

  • Para la microempresa de subsistencia —la tienda de barrio, el comedor, la venta ambulante en mercados populares saturados—, la clientela es altamente sensible al precio y es, a la vez, la más golpeada por el costo de vida. Un aumento mal calibrado puede trasladar la venta al competidor de la esquina de un día para otro.
  • Para la pequeña empresa en acumulación o expansión, con clientela más diversificada y una propuesta más diferenciada, existe espacio real para trasladar valor y sostener un ajuste razonable sin perder mercado.

Conviene decirlo sin romanticismo: para el segmento de subsistencia, ninguna técnica de fijación de precios resuelve por sí sola el problema de fondo. Su restricción no es solo de gestión, sino de demanda y de poder de compra, y eso remite a políticas públicas más amplias —ingreso, protección social, formación— que exceden lo que puede hacer el empresario desde su mostrador. Reconocerlo no debilita el consejo técnico: lo pone en su justa dimensión.

El atajo que sale caro: recortar la porción o bajar la calidad

Ante el alza de costos, muchos empresarios eligen un camino que parece prudente y resulta ruinoso: en lugar de subir el precio de frente, achican la porción, cambian a un insumo más barato o recortan un detalle del producto. El precio en la etiqueta no se mueve; lo que se mueve, en silencio, es lo que el cliente recibe.

El alivio dura un trimestre. Después llega la factura verdadera. El cliente nota el gramaje menor, el sabor distinto, la terminación más pobre —y su confianza, que es el activo más difícil de reconstruir en una MYPE, empieza a erosionarse. La tentación es mayor, y el daño más profundo, en la subsistencia: es justo el segmento con menos margen y con la clientela más atenta a cada centavo y a cada gramo.

La alternativa correcta corre en sentido contrario. La definición de un precio nuevo debe apoyarse en tres decisiones simultáneas: costear bien, para saber hasta dónde se puede negociar sin perder rentabilidad; preservar la calidad —o incluso mejorarla— en lugar de sacrificarla; y, de preferencia, mejorar de alguna forma la oferta de valor mediante una diferenciación genuina que justifique el precio. Un aumento acompañado de deterioro de calidad y de menor volumen suele conducir, a la larga, exactamente a donde el empresario no quiere ir: menos clientes, peor reputación y un negocio más débil que antes de «ahorrar».

“Desde el año pasado dejé de poner precios a mis productos por el precio de la competencia porque yo no estoy compitiendo por precio. Estoy compitiendo con un producto, un producto muy bueno, con excelentes características, calidad e higiene”, dice Erika. 

Competir por valor, no por precio

Diferenciarse rara vez consiste en cambiar un ingrediente. El valor que percibe el cliente se construye, casi siempre, alrededor de la experiencia: la rapidez de atención, la calidad del servicio, la presentación, la limpieza, la puntualidad de las entregas, la facilidad para hacer un pedido, la atención posventa. Cuando el cliente encuentra todo eso, deja de comparar únicamente el precio. «Entre más alto sea el valor generado para el cliente, el precio pasa a ser menos relevante», resume Rosales.

Esa es, además, la única cancha donde la MYPE puede ganar. Competir solo por precio es una batalla perdida frente a empresas con mayor poder de compra y economías de escala. El aumento de la competencia, de hecho, fue el segundo factor con mayor incidencia en el primer trimestre de 2026, mencionado por el 34 % de los empresarios según el Observatorio. La ventaja de la micro y pequeña empresa no está en ser la más barata, sino en ofrecer algo que el cliente reconozca como distinto y esté dispuesto a pagar.

Por eso, escuchar «está muy caro» no siempre significa que el precio esté mal calculado. Muchas veces significa que el producto se está ofreciendo al mercado equivocado, o que el empresario no ha logrado comunicar el valor que entrega. Quien conoce con exactitud su estructura de costos sabe también hasta dónde puede negociar sin poner en riesgo la rentabilidad: el descuento se vuelve una decisión estratégica, no una reacción por miedo a perder la venta.

¿Y cuándo conviene subir? Los costos cambian de forma constante, pero eso no obliga a modificar los precios cada semana. Lo sensato es revisar periódicamente la estructura de costos y hacer ajustes graduales cuando el encarecimiento de los insumos reduzca de manera significativa el margen. La clave está en acompañar cada ajuste con mejoras visibles —mejor atención, mayor calidad, procesos más rápidos, nuevos beneficios—. Cuando el cliente percibe más valor, acepta con mucha mayor facilidad un incremento razonable.

El costo de seguir adivinando

La coyuntura del combustible no va a resolverse desde el mostrador de una MYPE, y trasladar parte de esos costos al precio será, para muchos negocios, inevitable. Lo que sí está en manos del empresario es cómo lo hace: con un cálculo detrás o a ciegas; preservando la calidad o sacrificándola; construyendo valor o desmontándolo gramo a gramo.

«Las empresas no quiebran por falta de ventas, sino por desconocer sus números», concluye Rosales. En un momento en que cada quincena mueve el costo del galón, ese desconocimiento se paga más caro que nunca. Y la salida empieza con una decisión sencilla, pero determinante: dejar de adivinar el precio y empezar a calcularlo.

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