Por: Redacción PaísMYPE
El tejido empresarial de la micro y pequeña empresa salvadoreña (MYPE) enfrenta un momento decisivo. Si bien la narrativa global nos habla de una revolución de Inteligencia Artificial (IA), los datos de los últimos tres informes anuales del Observatorio MYPE nos obligan a poner los pies en la tierra: en nuestra región, la MYPE navega entre viejos lastres estructurales —informalidad persistente, acceso limitado al crédito y baja productividad— y una nueva ola de presiones tecnológicas y ambientales, que provienen de Europa, principal financiador de los proyectos de transformación de las MYPES.
La pregunta que los informes nos plantean ya no es solo quién sobrevive, sino quién logra dar el salto de la subsistencia a la acumulación, y de la acumulación al crecimiento sostenido en un entorno que no perdona el rezago.
De la «moda» digital a la rentabilidad real
El discurso sobre la IA y la digitalización suele ser optimista, pero la realidad del empresario local es más compleja. Según el monitoreo del Observatorio, existe una dualidad digital: mientras una minoría de empresas dinámicas integra herramientas estratégicas, la gran base de la pirámide apenas utiliza la tecnología para comunicación básica (WhatsApp), redes sociales y marketing Online, sin que esto se traduzca necesariamente en eficiencia operativa.
Para 2025, el reto no es que la señora del taller o el dueño de la ferretería se conviertan en expertos en IA, sino que pasen del uso lúdico al uso del día a día, dando valor a su negocio. La tendencia regional muestra que las MYPE que logran crecer son aquellas que usan soluciones , por ejemplo, para gestión de inventarios o predicción de demanda simple, es decir, para mejorar la competitividad de su negocio. La digitalización, para ser efectiva en nuestro contexto, debe dejar de ser un experimento y convertirse en una herramienta para reducir costos, tiempos y mejorar productos y cadenas de valor del negocio.
La formalización: un cálculo de costo-beneficio
Los informes anuales han sido contundentes: la formalización no avanza sólo con decretos o simplificación de trámites. El empresario MYPE es racional; si el costo de ser formal (impuestos, regulaciones, tiempo) supera al beneficio percibido, optará por la sombra.
Los informes anuales han sido contundentes: la formalización no avanza sólo con decretos o simplificación de trámites. El empresario MYPE es racional; si el costo de ser formal (impuestos, regulaciones, tiempo) supera al beneficio percibido, optará por la sombra. Aunque los avances para formalizarse son reales y un paso positivo, el reto real está en generar incentivos para «mantenerse en la formalidad».
La nueva visión, alineada con las recomendaciones de política pública más recientes, propone una formalización con incentivos reales. Ya no se trata solo de tener el registro al día, sino de que esa formalidad sea la llave de acceso a la seguridad social (un anhelo histórico del sector) y a mercados de mayor valor. La evidencia sugiere que vincular la formalización al acceso a protección social y esquemas de compras públicas reduce la vulnerabilidad del empleo, permitiendo que el trabajador por cuenta propia deje de ser sinónimo de precariedad.
Encadenamientos y la presión verde
La política MYPE actual está girando hacia los encadenamientos productivos. El microempresario aislado tiene pocas posibilidades de competir. El éxito, como señalan muchos estudios, radica en insertarse en cadenas de valor donde la empresa ancla (grande o mediana) transfiere estándares y tecnología.
Aquí entra el factor de la «transición verde». Lo que antes era una moda ecológica, hoy es una barrera de entrada. Las MYPES que deseen vender a grandes corporaciones o exportar deberán adoptar prácticas de eficiencia energética y gestión de residuos. No es solo consciencia ambiental; es competitividad pura. Los programas de cooperación están siendo claves para financiar esta transición que, de otro modo, sería impagable para el pequeño negocio.
Fintech y la deuda con la mujer empresaria
Uno de los hallazgos más persistentes en los reportes del estado de la MYPE es la brecha de género. Las empresas lideradas por mujeres suelen ser más pequeñas, concentradas en comercio y servicios, y con menor acceso a capital, a pesar de mostrar un mejor comportamiento de pago.
Las Fintech y la banca digital aparecen como la gran promesa para democratizar el crédito, utilizando datos alternativos para evaluar riesgo. Sin embargo, la tecnología por sí sola no corrige sesgos. Se requiere un «lente de género» en el diseño de productos financieros. Si logramos canalizar capital hacia las mujeres empresarias, el retorno social es inmediato: mayor inversión en educación y salud para las familias, y un fortalecimiento de la economía local.
Del negocio familiar a la empresa dinámica
Finalmente, observamos una transformación en la mentalidad del emprendedor. Existe un segmento emergente que está transitando del modelo tradicional de «negocio familiar de subsistencia» hacia una estructura más profesionalizada, e incluso, hacia modelos de micro-startups.
A diferencia de Silicon Valley, estas empresas no buscan rondas millonarias de inversión de capital de riesgo, sino rentabilidad y escalabilidad mediante tecnología accesible. Son talleres que digitalizan sus procesos, comercios que venden por plataformas regionales y servicios que se estandarizan. Este fenómeno, aunque incipiente, válida una tesis central del Observatorio: el talento empresarial existe, lo que falta es un ecosistema que reduzca la fricción y permita que la MYPE se dedique a lo que debe saber hacer: crear valor.
Conclusión
El panorama 2025 para la MYPES en países en desarrollo es de alta presión. Algunas de las herramientas están sobre la mesa: IA táctica, Fintech inclusiva y cadenas de valor verdes. El desafío para el sector público y privado es articular estos elementos para que dejen de ser consenso de analístas y se conviertan en la realidad cotidiana de la economía nacional.