El 2026 se perfila como un año importante para el sector de la micro y pequeña empresa en El Salvador. Las proyecciones de los principales organismos económicos dibujan un panorama de crecimiento moderado, respecto a la tendencia del quinquenio pasado. Pero los datos del Informe 2025: La Otra Cara de la Economía nos obligan a considerar los retos particulares de la MYPE. La pregunta es qué tiene que cambiar en la MYPE para beneficiarse más del crecimiento.
Expectativas diferenciadas
El entorno económico para 2026 está delimitado por dos grandes proyecciones. Por un lado, la CEPAL estima un crecimiento cercano al 2.7%, que podría estirarse hasta el 3.5% si se concretan inversiones clave. Por otro lado, el Banco Central de Reserva es más optimista y sitúa el dinamismo económico entre el 3.5% y el 4.0%. La diferencia entre ambos escenarios no es menor: representa la distancia entre una estabilización de la demanda interna y una expansión real del mercado.
Bajo la premisa comprobada de que la demanda de crédito del sector MYPE suele crecer entre dos y tres veces el ritmo del PIB nacional, y que este multiplicador se intensifica en los segmentos de menor tamaño por su alta dependencia de capital de trabajo inmediato, las diferencias se amplifican considerablemente.
Un crecimiento a dos velocidades
El Informe 2025 ya advertía sobre una economía MYPE fragmentada. Para 2026, esta brecha se profundizará si no se abordan los inhibidores estructurales que la alimentan. El sector funciona, en la práctica, como dos economías paralelas con dinámicas muy distintas.
El segmento de subsistencia, que representa el 68% del sector, enfrenta lo que el Observatorio ha denominado la trampa de la usura y la lógica de la sobrevivencia. A pesar de la resiliencia y el espíritu emprendedor que caracterizan a estos empresarios, son quienes absorben el mayor porcentaje de financiamiento informal, pagando tasas que pueden superar en más de 20 veces los límites legales. Si la demanda de crédito de este segmento crece al 12% en 2026, pero los términos de su acceso al crédito no mejoran, el crecimiento no se traduce en mejoras palpables para este segmento.
En contraste, las MYPES formales y en expansión, que representan apenas el 3.6% del parque empresarial pero contribuyen con un 8.2% al PIB, tienen el potencial – al menos- para absorber tecnología y sofisticar su oferta. Su brecha de optimismo es menor, lo que indica una mejor capacidad para convertir expectativas en resultados concretos. Para este segmento, un crecimiento nacional del 4% abre oportunidades reales de salto competitivo.
El impuesto invisible y la barrera digital
Además de la informalidad, al menos dos otros factores estructurales condicionarán el desempeño de las MYPES en 2026, y ninguno de los dos aparece en las hojas de balance. El primero es la economía del cuidado. El trabajo doméstico no remunerado resta, en promedio, 4.1 horas diarias a la gestión empresarial, afectando las horas disponibles productivas y por ende la productividad de la microempresaria. Para las mujeres, quienes lideran la mayoría de las MYPES, esta carga sube a 5 horas. Es una carga laboral que ninguna reforma fiscal puede compensar si no se aborda con servicios de cuidado novedosos.
El segundo factor es la digitalización superficial. El 82.9% de las MYPES utiliza WhatsApp para vender, pero la gestión interna sigue siendo manual para casi la mitad del sector. Estar en redes sociales no es lo mismo que transformar operaciones. El 2026 debe ser el año de la transformación operativa: adopción de pagos digitales, sistemas de gestión de inventarios y herramientas de planificación financiera que conviertan la presencia digital en eficiencia real.
De «primero el crédito» a «primero los ingresos»
Si se cumplen las proyecciones del BCR, 2026 será un año de crecimiento medio-alto para el sector MYPE. Sin embargo, para que este crecimiento sea redistributivo, hay que modificar la forma en que los empresarios gestionan sus empresas. La evidencia acumulada internacional y nacional nos enseña que la política de apoyo al sector debe pasar de «primero el crédito» a «primero los ingresos», es decir, mejorar la competitividad y productividad primero, y luego aprovechar el efecto multiplicador del crédito. El crédito hace una diferencia si responde a una demanda legítima de la MYPE.
El crédito en mejores condiciones es una agenda abierta. Se requiere de una reforma a los instrumentos financieros que permita capturar la demanda que hoy se fuga al sector informal. Las MYPES de subsistencia no necesitan más crédito convencional: necesitan instrumentos adaptados a ingresos irregulares, con esquemas de pago flexibles que reconozcan la estacionalidad de sus ventas.
En segundo lugar, se requiere una apuesta decidida por sistemas de cuidado comunitario que liberen horas productivas, especialmente para las empresarias. Un programa nacional de servicios de cuidado podría recuperar entre 3 y 5 horas diarias de gestión empresarial para cientos de miles de mujeres emprendedoras. La rentabilidad social de esta inversión supera con creces cualquier programa de crédito convencional.
Finalmente, la digitalización integral de todos los segmentos MYPE debe ser un enfoque por todos los participantes en el Ecosistema MYPE. La oportunidad está en pasar del uso comercial de redes sociales a la adopción de pagos digitales y sistemas de gestión que permitan a las MYPES profesionalizar sus operaciones. El ecosistema de apoyo —banca, cooperativas, ONG, gobierno— tiene en 2026 la oportunidad de construir puentes entre la economía digital y la realidad cotidiana de la micro y pequeña empresa.
Las MYPES son el corazón de la economía salvadoreña, aportando hasta un 45% del PIB y sosteniendo al 70% de la fuerza laboral. Asegurar que el crecimiento proyectado para 2026 alcance a estos empresarios no es solo una meta económica: es la traducción concreta de lo que significa construir un desarrollo inclusivo en El Salvador. El Observatorio MYPE seguirá documentando este camino, desde las MYPES mismas.